Las posturas de poder

Se les llama “posturas de poder” porque tienen efectos poderosos sobre el cuerpo y la mente. Son posiciones del cuerpo que ejercitan la voluntad, los músculos y el sentido del equilibrio; además, poseen un alto valor simbólico. Casi todos los pueblos de la Tierra las conocen y practican con propósito ritual o de entrenamiento. Las encontramos en el yoga hindú, la gimnosofía griega, la gestualidad egipcia, las danzas sagradas de África y Oceanía, las artes marciales de China, el antiguo Perú y la Europa medieval… Los antiguos mexicanos no fueron la excepción; la abundante representación del cuerpo humano en sus murales, relieves, códices y vasijas, en todo tipo de posturas y actitudes intencionales, demuestra, no sólo que conocieron las posturas de poder, sino que estas eran parte importante de su Cosmovisión.

Intencionalidad del arte mesoamericano, figurillas olmeca y huasteca.

Una civilización práctica

Anawak, rodeado de agua, es el nombre que dieron a su patria los antiguos mexicanos. Aunque es un término de origen náhuatl, abarcaba a todos los pueblos de Mesoamérica, como demuestra su aplicación a los mayas, mixtecas y moradores de la costa del Pacífico:

"Cuando salieron de Tulla, se fueron hacia el oriente; de ellos descienden los que al presente se llaman Anahuacas Mixtecas… A aquellas provincias que están hacia la mar del sur (Océano Pacífico) las llaman Anahuaca Tlalli, tierras de Anáhuac… Recibían (los mayas a los mercaderes nahuas) a la mitad del camino, y de allí los llevaban hasta su tierra, que es Anahuac Xicalanco (‘tierra que se curva entre las aguas’ - la península de Yucatán). En cuanto llegaban a la provincia de Anahuac Xicalango, los mercaderes daban a sus señores lo que enviaba el señor de México."                                                                                                                                                                                             (Códice Florentino, libros III, IV, IX)

Anáhuac fue una extensa cuenca cultural que abarcó México y Centroamérica, e influyó hasta el norte de Sudamérica y el centro de los Estados Unidos. Sus moradores, apodados genéricamente anahuacas, crearon una de las siete civilizaciones-madre u originales de la historia, alcanzando relevantes logros agrícolas, sociales, artísticos y científicos, prácticamente sin ayuda externa.

Al conjunto de sus realizaciones, los pueblos nahuas le llamaron Toltekayotl, Toltequidad, término procedente de la antigua raíz Tol, relativa a los macizos de juncos y metáfora de la solidaridad social. De este concepto derivan los gentilicios Toltekatl (náhuatl) y Ajtoltekat (maya-quiché), con el significado de artista, persona culta, tal como explica el Popol Vuh:

“¡Da a conocer tu naturaleza, tú, dos veces madre, dos veces padre, maestro Serpiente Emplumada, tallador de turquesas, labrador de joyas, creador del hermoso plato y el verde vaso (la tierra y el cielo)! Tú serás llamado El Tolteca por tu obra y creación.”
                                                                                                                             (Popol Vuh 1.2)

Definición de la Toltequidad, lámina del Popol Vuh.

Las civilizaciones de México y Perú consiguieron sobrevivir durante milenios en condiciones de aislamiento, con un alto espíritu organizativo y creativo, gracias al desarrollo de la Toltequidad, llamada en quechua Kausa’, forma apropiada de ser. La Toltequidad se define como la armonización sistémica de los símbolos e instituciones. De modo impropio, la mayoría de los historiadores actuales restringe el término “tolteca” a los moradores de la ciudad de Tula, en el Estado de Hidalgo, así como a la época en que dicha ciudad ejerció su poder sobre Anáhuac. En este libro lo aplicamos en su acepción original, como título de pertenencia cultural de todos los mesoamericanos.

Llaman la atención tres aspectos de aquella civilización: su pragmatismo, su intencionalidad y su profusión simbólica. Los anahuacas se orientaban a las realizaciones prácticas; la literatura que nos legaron está llena de fórmulas organizativas, productivas, astronómicas, médicas y rituales. Como observa una investigadora, tal tendencia se nota en su religión, elaborada, no a partir de las especulaciones de los filósofos, sino del ejemplo vivo de los profetas:

“En lugar de plantear el problema de la existencia a partir de lo físico, lo social o lo divino, Quetzalcoatl establece como realidad primera de la situación humana la fuerza potencial de integración que le es exclusiva. De ahí que su mensaje parezca más una guía de acción, que una teoría filosófica.”
                             Laurette Séjourné, Pensamiento y Religión en el México Antiguo)


Muestra del pragmatismo de la religión tolteca, es el hecho de que, cuando los padres católicos de la época de la invasión buscaron el equivalente del concepto cristiano de “fe”, lo más parecido que encontraron fue términos como el maya Kusholal, discernimiento, o el náhuatl Neltokilia, verificar (de Nelli, verdad, y Tokilia, probar). No se esperaba que el tolteca creyera dogmas por orden de un dios o un sacerdote, sino que comprobara las cosas, como aconseja un texto sagrado:

“Un tolteca todo lo saca de su corazón, es abundante, múltiple, inquieto, hábil, capaz; a sí mismo se adiestra, dialogando consigo mismo y encontrando respuestas en su interior. De este modo te convertirás en tolteca: si adquieres hábito y costumbre de consultarlo todo con tu corazón. Sé un tolteca: una persona de experiencia propia.”
                                                                                         (Wewetla’’tolli, Códice Florentino)


Debido al amarillismo que impregna a la antropología y la historiología mesoamericanas, el público suele imaginar a los anahuacas como un pueblo obsesivamente dedicado a oscuros rituales en honor a “dioses” sedientos de sangre. Lo cierto es que su cultura tenía una orientación eminentemente racional, y esto se reflejó en inventos de alto nivel intelectual, como la escritura, el papel y los libros, unas matemáticas que incluían el cero, los números negativos y el orden posicional, una astronomía avanzada y el calendario más exacto de la historia.

Pero, en lugar de aplicar sus recursos intelectuales a lo especulativo, como hicieron los griegos, los anahuacas se orientaron a la solución de problemas prácticos. Esto tenía un por qué: a diferencia de las civilizaciones del Viejo Mundo, cuya cercanía les permitió todo tipo de intercambios, las de América estaban aisladas en su territorio, no tenían un vecino poderoso al que invadir o pedir un préstamo, en caso de necesidad. Una sequía de cuatro años las ponía en riesgo, el enfoque especulativo las hubiera extinguido. Si hoy hablamos de los anahuacas, es porque supieron enfrentar de un modo racional y práctico el reto de la existencia.

Una civilización intencional

Otra característica de aquella civilización es su intencionalidad. Si observamos el mapa de alguna ciudad moderna, no encontraremos en los edificios la menor orientación astronómica. En cambio, las ciudades importantes del México antiguo estaban rigurosamente diseñadas, tanto para facilitar la vida colectiva, como para responder a imperativos estéticos, cosmológicos y científicos, entre ellos, la alineación de los edificios con el movimiento del cielo, lo que permitía usarlos como instrumentos de observación.

Tal intencionalidad se hace patente en sus creaciones artísticas. Es difícil encontrar en el arte mesoamericano un trazo sin significado, un color meramente decorativo, una figura humana o animal carente de propósito, una posición accidental del cuerpo o las manos. En ocasiones, las miradas de los personajes se elevan y sus bocas se abren, evocando un canto u oración, lo que indica que sus posturas eran parte de una ritualidad. No existe en Anáhuac arte por arte, toda su producción artística estaba comprometida con su Cosmovisión.

La vocación práctica y la intencionalidad condujeron de modo inevitable a los sistemas de entrenamiento. Pocos pueblos de la Tierra han mostrado tanto interés por la educación, que, en las capitales de Anáhuac, era gratuita, obligatoria y normalizada. El cronista Bartolomé de Las Casas afirmó que las escuelas impartían cinco materias básicas: historia, religión, astronomía, calendario y manejo de los sueños, y que la enseñanza se basaba en libros institucionales.

“(En las escuelas mexicas) había cinco libros… El tercero hablaba de los sueños, agüeros y supersticiones que usaban. Muchas cosas hacían o dejaban de hacer por los sueños, en que mucho miraban.”
                                                                                                               (Historia de las Indias)


Además, los niños recibían orientación vocacional, al ponerse en contacto con los diversos oficios, así como entrenamiento marcial, pues el ideal de aquella sociedad era producir guerreros.

Afirma el Códice Telleriano: “de cada cinco mexicanos, uno era sacerdote”. Eso significa que muchos adolescentes entraban a los monasterios-universidades para hacerse astrónomos, sacerdotes, artistas, maestros, escribas o dirigentes. Los demás se dedicaban al oficio de la familia, pero se les instaba a asistir a las Casas de Canto para aprender a danzar. Además, a partir de la mayoría de edad, militaban en las órdenes marciales de las águilas y los ocelotes, a través de las cuales continuaban entrenando el cuerpo.

Este contexto cultural nos dice que las figuras de guerreros, danzantes, acróbatas y meditantes que encontramos en el arte de Anáhuac no son expresiones espontáneas o accidentales, sino reflejos de tradiciones de practicantes.

Una civilización cifrada

Aunque las fuentes arqueológicas conservan mucha información sobre las prácticas toltecas, es difícil de extraer, pues está cifrada. Aquí tropezamos con la tercera característica de aquella civilización: su amor por los símbolos y las metáforas. La información se transmitía a través de símbolos intrincados. Se requiere estudio para entender, por ejemplo, por qué un cuchillo simbolizaba la conciencia, o un caracol al ciclo del planeta Venus.

Con frecuencia, la incapacidad interpretativa nos lleva a no ver lo que hay, o, peor, a ver lo que no hay. Un caso típico es el emblema de la Serpiente Emplumada, llamada en maya K’uk’ulkan y en náhuatl Ketsalkoatl. Un reptil que echa plumas y aprende a volar es, probablemente, el mejor modo de aludir al desarrollo de la vida y la conciencia. Sin embargo, los historiadores prefieren creer que los antiguos mexicanos adoraban literalmente a una serpiente con plumas; no les conceden la capacidad de abstraer, divinizar y representar el concepto de “evolución”.

La incomprensión simbólica afecta nuestro entendimiento de las prácticas toltecas. Allí donde los antiguos plasmaron ejercicios, los estudiosos ven caprichos culturales. Tal es el caso de una práctica tan importante como el cultivo de los sueños. Como vimos, ese arte quedó reflejado en una de las cinco materias básicas de las escuelas; además, fue reportado muchas veces en los juicios que se realizaron en la Colonia contra los nahuales, y sobrevive hasta hoy en algunas comunidades nativas, tanto entre los chamanes como entre los moradores sencillos, que acostumbran recapitular sus sueños en la mañana. Pero, aunque este tema es fundamental para entender aquella Cosmovisión, pocos investigadores le han dedicado atención, pues la cultura cristiana no lo aprecia; menos aún están dispuestos a verificarlo.

Si los prejuicios destruyen un objeto de estudio tan obvio como el sueño, no es de extrañar que, al encontrar posturas de poder en el arte de Anáhuac, los arqueólogos y antropólogos se apresuren a clasificarlas como manifestaciones rituales, ignorando su dimensión práctica, tal como denuncia una autora:

“A pesar de que he encontrado numerosas posturas de Yoga en esculturas de origen prehispánico, durante mi investigación en los archivos del Instituto de Antropología no encontré ninguna referencia al respecto. Las figuras son descritas como danzantes, contorsionistas y chamanes, y sus prácticas, que un estudiante identificaría claramente como prácticas de Yoga, son generalmente mencionadas como ‘procedimientos médicos’.”
                                     (Herta Rogg, Yoga and Prehispanic Culture of Mesoamerica,                                                                                                           Yoga Rahasya no. 1, 2003)


Las posturas de poder y los ejercicios psicofísicos del México antiguo no se han estudiado, porque no se conservan como tradición viva. Lo mismo le habría ocurrido al Yoga de la India si sus practicantes se hubieran extinguido: hoy lo interpretaríamos como un asunto estrictamente ritual, e ignoraríamos sus alcances físicos, perceptuales, intelectuales y sociales.

Para entender las prácticas toltecas, hay que practicarlas.

La serpiente emplumada, emblema de la evolución, relieve de Palenque.